
Falta de memoria a corto plazo, supuestos despistes, palabras que no salen al hablar…hoy te comparto algo que estoy viviendo en primera persona: el asombroso «cerebro de mamá».
Y seguramente te habrá venido a la cabeza algo más parecido a «error» o «defecto» que a «virtud» o «capacidad».
¿Me equivoco?
Pero…
¿Y si te dijera que no es un fallo, sino una reconfiguración asombrosa? ¿Y si lo que parece pérdida fuera en realidad una expansión?
Recordemos la sabiduría de la naturaleza…¿realmente piensas que nos haría más tontas teniendo una cría a nuestro cargo?
Por supuesto que no. Nos hace extraordinarias.
Y, para eso, nos reprograma.
La matrescencia es una transformación tan revolucionaria en el cuerpo y la mente de una mujer como lo fue la adolescencia, así que la maternidad no tiene como «efecto secundario» un cerebro defectuoso, sino que trae como regalo un cerebro extraordinario.
Si tú también estás en este momento o tienes a una mami cerca, quédate y te cuento por qué.
La reconfiguración asombrosa
Como ya sabrás, el término “mommy brain” (o cerebro de mamá) suele aparecer acompañado de anécdotas: llaves olvidadas, citas pasadas por alto, frases que se quedan a medias. Así que es fácil interpretarlo como torpeza o despiste. Sin embargo, la neurociencia ha demostrado algo mucho más fascinante: el cerebro materno no se apaga, se transforma.
Durante el embarazo y el posparto, el cerebro atraviesa una remodelación sin precedentes en la vida adulta y es cierto que en ciertas áreas del cerebro se reduce la materia gris, en particular las vinculadas con la cognición social.
¿Pero cuál es la razón?
Lejos de ser un deterioro, se trata de una «poda», una limpieza que optimiza el sistema para lo verdaderamente crucial en este momento vital. Nuestro cerebro se vuelve más afinado y más eficiente, se orienta y reprograma para la supervivencia y el cuidado de la cría.
Cambia la partitura para tocar una nueva sinfonía. Se ajusta asombrosamente a nuestro momento vital y al de nuestro peque.
¿No te parece asombroso?
Una neuroplasticidad que deja huella
La ciencia dice que la matrescencia dura tres años, pero mis amigas dicen que ya no se va.
Y tienen razón.
Los cambios no son fugaces. Según la neurocientífica Susana Carmona, la arquitectura cerebral de una madre puede seguir siendo distinta hasta seis años después del parto.
¿Qué significa esto?
Que la maternidad es un antes y un después en la biografía neurológica de una mujer.
La magia ha comenzado y ha venido para quedarse.
Los sistemas de recompensa se ajustan para que atender al bebé active con más intensidad los circuitos de placer y motivación.
Todas nuestras hormonas danzan para moldear percepciones, sentidos y emociones.
Se agudiza el olfato y el oído: superpoderes destinados a la protección y la conexión.
Las redes neuronales se reorganizan para potenciar la empatía, la capacidad de interpretar señales no verbales, la sensibilidad al llanto, las expresiones mínimas del bebé…
Dicho de otra manera: la biología nos programa para priorizar la supervivencia y el cuidado del bebé.
Lo que parece despiste en unas áreas es, en realidad, hiperfocalización en otras.
¿Dónde lo notamos?
En la vida diaria, los cambios pueden sentirse como contradicciones:
Podemos experimentar despistes al mismo tiempo que una sensibilidad inédita para detectar las necesidades de nuestro bebé.
Podemos estar agotadas y, aun así, ser capaces de responder con reflejos finos a cada mínimo gesto.
Podemos olvidar dónde hemos dejado el móvil, pero recordar sin esfuerzo el tono exacto del llanto que significa hambre.
Y así un largo etcétera fruto de nuestra transformación.
En la pareja, estos cambios pueden generar tensiones si se leen como “despistes” o “desorganización”, en lugar de comprenderse como parte de una transformación mayor.
En la familia, la falta de conocimiento puede derivar en juicios o comparaciones injustas.
En la sociedad, aún se arrastra el estigma de considerar a las madres menos productivas, cuando en realidad sus cerebros están desplegando una flexibilidad extraordinaria.
Repito: EXTRAORDINARIA.
Y reconocer esto cambia totalmente la perspectiva.
Dejemos de hablarnos a nosotras mismas con frases como: «estoy tonta», «tengo el cerebro frito», «no me entero de nada»…
Nuestro cerebro no está estropeado, ¡todo lo contrario!, está en pleno apogeo de su plasticidad y ha movido sus aptitudes y capacidades a otro lugar y, en ese lugar, es brillante.
Matrescencia como rito de paso: nombremos la metamorfosis
Aquí es donde entra un concepto clave: matrescencia.
Como la adolescencia, la matrescencia es un umbral vital que transforma cuerpo, mente, identidad y relaciones. Abarca lo físico, lo emocional, lo social, lo espiritual… Y nombrarlo es esencial, porque permite salir de la narrativa del déficit (“ya no rindes igual, estás defectuosa”) y entrar en la narrativa de la evolución (“te estás reconfigurando y transformando para priorizar al bebé, la naturaleza (y tú) sois asombrosas”).
Hablar de matrescencia es reconocer que las mujeres no perdemos capacidades al ser mamás (¿en serio alguien pretende que nos creamos esto después de parir?) , sino que atravesamos un rito de paso hacia una nueva versión de nosotras mismas.
Es una transformación integral y a la vez íntima: nace un bebé, pero también nace una madre. Y en ese nacimiento se agitan emociones profundas: la euforia y el amor conviven con el cansancio y la vulnerabilidad; la fortaleza inesperada se mezcla con la sensación de fragilidad.
Es también un viaje de identidad: lo que antes parecía estable —quién eras, qué querías, cómo te relacionabas— se mueve, se cuestiona, se rehace. La maternidad nos convoca a mirar hacia dentro, a reconocer la pérdida de la antigua yo y, al mismo tiempo, a descubrir una versión más amplia y compleja de nosotras mismas. Surge una identidad inédita que reorganiza emociones, prioridades y vínculos. Lo que antes definía quién eras se expande, se entreteje y se reordena para dar cabida a un nuevo yo, profundamente conectado con el cuidado y la vida.
El “cerebro de mamá” no es el de antes con fallos: es en realidad otro cerebro, preparado magistralmente para otra misión.
Si eres madre y sientes que no reconoces del todo tu mente, recuerda que no estás fallando, estás mutando. Tu cerebro no está roto, está recalibrándose para sostener la vida. Eres extraordinaria y formas parte de la naturaleza y la supervivencia de la especie. Eres pura vida. Y tu cerebro se une a esa danza.
Si acompañas a una madre, honra su proceso y apoya con cariño su transformación.
Y si eres parte de la sociedad —que lo somos todos—, toca ampliar la mirada y reconocer la maternidad (y la paternidad, obvio) como un proceso humano profundo que merece sostén, investigación, políticas y respeto.
Rituales de matrescencia en las culturas ancestrales y cómo aplicarlos en tu día
Nosotras no somos las primeras en atravesar esta metamorfosis: nuestras ancestras ya la reconocían, la nombraban y la honraban.
En muchas culturas originarias, convertirse en madre era visto como un rito de paso, un umbral sagrado acompañado de ceremonias, cuidados y comunidad, que muchas veces es lo que a nosotras nos falta.
Nacía un bebé, sí, pero también nacía una nueva madre. Y ese despertar se sostenía con rituales que ayudaban a integrar lo físico, lo emocional y lo espiritual.
Te dejo algunos que quizá puedan inspirarte hoy:
- El Ritual de la Cerrada (Closing of the Bones): practicado en diversas culturas con rebozos o masajes, buscaba “cerrar” el cuerpo y el espíritu de la madre después de la apertura del parto. Era una manera de agradecerle al cuerpo su fuerza, de devolverle contención, de ayudar a integrar la experiencia y a encarnar la nueva identidad.
- ¿Cómo puede inspirarte a ti? Escribe una carta de agradecimiento a tu cuerpo por la transformación tan poderosa que ha vivido y sigue viviendo para crear vida. No te mires con crítica por los kilos de más, las estrías, la piel algo más flácida en tu tripita, la caída del pelo…¿no te parecen nimiedades después de haber sido tu cuerpo capaz de gestar, parir y nutrir a un bebé y, además, volver todo a su lugar en prácticamente 6-12 meses? Si no sientes una gratitud inmensa hacia tu cuerpo, escríbeme y te mando gratis un adelanto del diario que estoy creando para que te inspire.
- El Cierre de dieta a los 40 días: un ritual presente en varios pueblos originarios, donde la madre era cuidada con alimentos, infusiones, reposo y acompañamiento. Era un tiempo de purificación, descanso y conexión, que favorecía tanto la recuperación física como la introspección emocional.
- El temazcal mesoamericano: baño de vapor sagrado que simbolizaba un renacer. Tras el parto, ayudaba a limpiar, sanar y reconectar con el cuerpo y el espíritu.
- ¿Cómo pueden inspirarte a ti estos dos rituales? Cuidando, nutriendo y apoyando a tu cuerpo para ayudarlo a recuperarse. Convierte en rituales de gratitud las duchas, las comidas, el sueño…sé que el tiempo siendo mamá se reduce, así que cada minuto que extraigas es oro. Lo importante es la intención que le pongas, no el tiempo que le dediques.
- La cuarentena postparto: extendida en muchas culturas, era un período protegido en el que la madre y el bebé quedaban en reclusión, sostenidos por la familia y la comunidad. Durante esos días, la mujer no debía “rendir” ni “volver a lo de antes”: debía habitar su nuevo lugar, nutrirse, descansar, vincularse.
- ¿Cómo puede inspirarte a ti? Crea un plan postparto que os respete, nutra y proteja. Habla con familia y amigos para limitar visitas si lo que necesitas es recogimiento o pide apoyo si lo que necesitas es tribu. El foco es vuestro bienestar, no la productividad.
La maternidad es un rito de paso, un nacimiento de nosotras mismas, y merece ser honrado con apoyo, respeto y presencia. Todas estas prácticas nos revelan que la matrescencia era reconocida y acompañada colectivamente, lo celebraban como un proceso natural, necesario y sagrado.
Nombrar, honrar y acompañar la transformación
Llamar “mommy brain” («cerebro de mamá») a este proceso es, en parte, una trampa cultural. Reduce algo complejo y poderoso a un chiste. Es como mirar una crisálida y llamarla “oruga defectuosa”. No lo es: es transformación.
Lo que llamamos “cerebro de mamá” es un rediseño neurocognitivo que nos permite a las madres percibir, responder y vincularnos de maneras nuevas y más sutiles. Es, en realidad, un estado de mayor sofisticación.
Por eso muchas expertas proponen dejar atrás el término “mommy brain” y abrazar el de matrescencia.
¿Por qué?
Porque las palabras importan.
Porque lo que nombramos como déficit condiciona la autoestima, y lo que nombramos como metamorfosis abre posibilidades.
La pareja, la familia, los amigos, los entornos laborales…todos debemos de participar en este acompañamiento.
- Validar y honrar, en lugar de ridiculizar.
- Comprender y acompañar, en lugar de exigir.
- Respetar los tiempos de ajuste, en lugar de imponer ritmos externos.
- Reconocer y admirar la inteligencia de este nuevo cerebro en lugar de tacharlo de “ineficiente”.
- No exigir al nuevo cerebro las mismas capacidades del anterior, porque ahora es otro.
Estamos ante una transformación extraordinaria de un cerebro que se ha sabido adaptar para afrontar con éxito la nueva etapa garantizando la vida del nuevo miembro de la familia.
Con un buen sostén interno y externo, la matrescencia se integrará como expansión, no como pérdida o fracaso.
Recuerda siempre la grandeza de tu biología.
Como dice una amiga mía, las mujeres somos como superhéroes (¡superheroínas!) porque tenemos el superpoder de dar vida.
Pura magia femenina y salvaje al servicio de la crianza.
Y si tu nuevo cerebro se siente atrapado en un entorno laboral que ya no le pertenece, te invito a emprender acompañada y crear el tuyo propio.
