
En el siglo XVII, algunas de las mujeres que vivían en el pueblo navarro de Zugarramurdi fueron acusadas de brujería.
Las gentes decían que estas mujeres se reunían en secreto en los rincones más oscuros del bosque para practicar hechicería y rituales prohibidos.
Sin embargo, hoy sabemos que aquellas mujeres eran grandiosas guardianas del antiguo conocimiento y herederas de las tradiciones paganas que habían sobrevivido durante siglos.
Sus reuniones en el bosque eran actos de resistencia contra la intolerancia y la persecución, un espacio sagrado en el que podrían rendir tributo a la naturaleza, celebrar sus rituales de conexión con la Tierra y preservar su conocimiento y sabiduría.
Adoraban a Mari, la gran diosa vasca, un símbolo de la vida y la naturaleza que está presente en la esencia ancestral de esta poderosa cueva pagana. Era considerada la Señora de la Naturaleza y el Espíritu Femenino de la Tierra. Un arquetipo poderoso de la mujer libre y sabia, conectada al fuego del hogar y a la medicina de la Tierra.
Las brujas de Zugarramurdi (y todas las que existieron, existen y existirán) no eran seres oscuros y perversos, sino mujeres sabias, sanadoras, conocedoras de las bondades de la naturaleza, la espiritualidad, el cuerpo y la vida.

Si vas por Zugarramurdi, entre sus calles encontrarás el Museo de la Bruja. Un paseo por su historia y un homenaje sincero a la sabiduría de todos esos hombres y mujeres que, por pensar diferente, fueron quemados, torturados y condenados.
Verás también cada uno de esos nombres escrito para ser recordado.
Hay, y ha habido, muchas cazas de brujas con diversos nombres y caras, pero son los lugares como este los que nos recuerdan que las diferencias no son las que nos separan, sino la falta de amor, respeto y tolerancia de los ojos de quien mira.
La comunidad de Zugarramurdi se mantuvo firme en su lucha por la libertad y la preservación de sus raíces.
Este es mi pequeño homenaje a tod@s ell@s.
✨ Sea o no sea Halloween cuando me leas, te deseo una feliz noche de brujas ✨
